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La responsabilidad social del poder económico

 

 

 

 

 

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EDITORIAL

¿Tiene amos la sociedad de la información?

Durante los últimos diez años hemos sido testigos de un cambio sin precedentes: el posibilitado por la digitalización. La llegada de la Internet-Web de Tim Berners-Lee es la bandera del fenómeno pero el proceso en sí mismo se explica mejor a través de la convergencia entre medios posibilitada por este proceso: la capacidad de convertir a bits (a unos y ceros) cualquier información. El cambio es mayúsculo, de eso no cabe duda, pero la ideología posibilitada por el mismo también lo es. Durante estos últimos diez años hemos sido testigos de la definición y profundización de un concepto, “sociedad de la información”, que es sobretodo un proyecto, un sueño de sociedad imaginada (y deseada) más que una realidad tangible. Este sueño y sus pequeños lapsus de realidad (en forma de beneficios y mejoras puntuales en las comunicaciones entre las personas) está impulsando una especie de determinismo tecnológico que pretende hacernos creer que el progreso tecnológico es, automáticamente, progreso social. Sin embargo parece evidente que este progreso tecnológico, por el momento, no está sirviendo para que el mundo, y su esquema de funcionamiento de fondo, eso que llamamos “sistema”, sean mejores. En realidad el mundo y su sistema están peor: la brecha entre riqueza y pobreza se acrecienta y el paternalismo caritativo y la cultura del ombliguismo (no somos capaces de ver más allá de lo que nos afecta personalmente) siguen destacando por encima de la igualdad y la solidaridad, concepto éste vilipendiado en su uso por unos y otros.

No es de extrañar si atendemos a lo que piensan algunos, lo decía recientemente Juan Luis Arsuaga, el arqueólogo-filósofo y alma de Atapuerca: los seres humanos son egoístas genéticos, incluso el altruismo es una forma de egoísmo (quizás no dijera exactamente estas palabras, así que las asumo yo sin problema recordando que esto ya lo decía Hobbes). Pero aunque incluso “dando” estemos satisfaciendo nuestra necesidad de “recibir” hay una realidad imperativa que nos aborda: el ultraliberalismo antiecológico e insolidario del sálvese quien pueda más darwiniano, de la cultura de “que gane sólo el mejor” y del principio del interés público (aquello de que perseguir el bien propio contribuye al bien general, según decía Adam Smith) es una solemne estupidez. Estupidez como “plan de negocio” para la explotación económica del planeta a largo y medio plazo y estupidez como forma de evolución humana. No conduce a ninguna otra parte más que al enriquecimiento puntual de unos pocos. El resto es destrucción: destrucción de recursos, de talentos y de convivencia (el racismo, la intolerancia y otros tipos de tensiones sociales están exclusivamente vinculados a la pobreza generada por el exceso de riqueza). Del mismo modo que la ecología empieza a ser vista como un factor económico además de cómo un patrimonio (si la desahuciamos no podremos seguir explotándola), también las desigualdades económicas en el mundo constituyen un factor de desestabilización económica de alcance imprevisible.

Sin embargo la línea va en esa dirección: hay una ideología economicista que lidera el proceso de globalización del mundo y que, evidentemente, prefiere gozar de un enriquecimiento minoritario y puntual, que es el suyo, y cuya viabilidad futura sólo les preocupa muy relativamente (al fin y al cabo sólo se vive una vez). Esta línea dominante, cuyo incierto futuro retrata Susan George inmejorablemente en El Informe Lugano, impone lo que escritoras, yo diría que comprometidas, como Vivianne Forrester llaman una “dictadura sin cara” o lo que pensadores academicistas como el profesor Manuel Castells definen mediante teorías sistemáticas con forma de paradigmas sociales (que no por más fríos son menos ajustados). Y esta ideología que lidera el proceso de globalización es la que impulsa la construcción de ese sueño que es la sociedad de la información. El proceso mediante el cual se esta erigiendo la nueva era no es pues un proceso neutro, está impulsado por una ideología concreta, que es la misma que impulsa la actual globalización dominante: aquella que es rechazada de plano por el mundo pobre y por muchos segmentos sociales del mundo rico (básicamente todos los desfavorecidos porque no les tiene en cuenta). Dentro de este último, muchos ciudadanos son conscientes de que el proceso de aceleración de la actual globalización está liderado por el gran capital que constituye su amo y señor, quien dirige su destino. Es preciso ser también conscientes, sin embargo, de que lo mismo ocurre con el constructo social que es la “sociedad de la información”. Así que la respuesta a la pregunta del título de este artículo es afirmativa: por supuesto, la sociedad de la información que estamos construyendo no es de todos, tiene amos. Constituye una doctrina construida por los líderes de la globalización para, con ropajes de progreso y desarrollo, enmascarar el objetivo de siempre: defender un sistema que les hace muy ricos.

Núria Almiron - editor@netinformes.com
netinformes.com Editor - Febrero 2002

 

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