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NOS
HAN DICHO: La
avaricia es la más terrible plaga del género
humano. Séneca.
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EDITORIAL
La
responsabilidad social del poder económico
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Los
defensores de los beneficios del libre mercado y de
la liberalización económica sin límites
esgrimen como principales argumentos frente a los críticos
de esta liberalización globalizada o, si se prefiere,
globalización neoliberal, a la justicia aplicada
por el propio mercado y a la inocuidad de las grandes
transnacionales. Que las empresas obtengan buenos resultados
y crezcan, nos dicen, es bueno para los ciudadanos porque
multiplican su bienestar en todos los sentidos: ofrecen
más empleo a los trabajadores, pagan más
impuestos a los Estados, generan más riqueza
a los inversores, invierten más recursos en investigación
y satisfacen más necesidades sociales con productos
y servicios cada vez más sofisticados. Si cometen
algún error, o simplemente no ofrecen suficientes
beneficios sociales, el propio mercado se encarga de
eliminarles: los compradores no adquieren sus productos,
los inversores desinvierten, los Estados les multan,
la justicia les penaliza. Este discurso viene a decirnos
que esos grandes imperios económicos generados
por exigencia del guión globalizador no constituyen
ningún tipo de amenaza para los derechos y libertados
de los ciudadanos; que ningún imperio económico
puede estar seguro de serlo indefinidamente; que no
hay poder económico que no esté sujeto
a las leyes del mercado, en las que todo lo que sube
puede igualmente bajar. Por ello, cada vez que algún
gran grupo empresarial, tan a menudo estos últimos
tiempos en la industria de la sociedad de la información,
anuncia pérdidas o rebajas en sus beneficios,
los defensores de la liberalización a ultranza
encuentran una nueva justificación a sus teorías:
no hay amos de ningún tipo en esta globalización,
el mercado y su propia justicia se encarga de poner
las cosas en su sitio.
Sin embargo, parece obvio que todo lo que sube, cuando
baja, puede acabar arrastrando algo en su caída.
Y a tenor de las exageradas subidas/caídas de
algunos y de la reticularidad del entramado socioeconómico
actual (todo está conectado con todo), esas fuerzas
de arrastre pueden ser, en ocasiones, tan monumentales
que constituyen verdaderas fuentes de desestabilización
social. Porque tan cierto como que el mercado acaba
poniendo las cosas en su sitio es que siempre, o casi
siempre, lo acaba haciendo a expensas de los más
débiles. Cómo decía Noam Chomsky,
el capitalismo de mercado no ofrece los mismos riesgos
a unos y otros: libre comercio sí, pero los riesgos
para los pobres. Esta afirmación, que podría
sustentarse con innumerables ejemplos de prácticas
comerciales desiguales e injustas entre países
según estos tengan mayor o menor peso en la balanza
del comercio mundial (la Organización Mundial
del Comercio se encarga de velar por ello,) es de evidencia
cotidiana dentro de los mismos países ricos,
incluso dentro de los más ricos. El crecimiento
desbocado de muchas compañías tiene efectos
sociales devastadores en sus consiguientes, y también
desbocadas, caídas: los miles de puestos de trabajo
que se pierden no son meras reestructuraciones del tejido
laboral. Generan inestabilidad, inseguridad y pobreza
entre la población menos privilegiada y pueden
tener efectos importantes en el consumo (hacen descender
el poder adquisitivo de una gran masa de trabajadores),
en la política (la inseguridad laboral puede
conducir a conflictos sociales, como los xenófogos,
de los que se aprovechan los partidos radicales que
obtienen así más votos) y, por supuesto,
pueden tener efectos financieros a escala mundial. En
definitiva: es al empeoramiento creciente de la distribución
de la riqueza a quien debemos culpar de crisis económicas
como la Argentina o de terremotos políticos como
el de Le Pen en Francia. Y aunque, por supuesto, los
grandes grupos empresariales no son los culpables de
todos los males de nuestras sociedades, sí tienen
mucho que ver con la mala distribución de una
riqueza que cada vez generan en mayor cantidad y con
mayor rapidez.
Los grandes imperios económicos que el actual
proceso de globalización acelerada nos está
imponiendo (especialmente los basados en alguna de las
industrias características de la sociedad de
la información), no sólo constituyen una
amenaza creciente para la competencia comercial (la
concentración está transformando los mercados
en oligopolios o monopolios) y para el poder político
(cada vez más dependiente del poder económico),
sino también una amenaza velada para la estabilidad
social. Su subida no beneficia a todos, sólo
a unos pocos, pero su caída perjudica a muchos,
a demasiados.
Si vamos a tener que vivir en un mundo de concentración
empresarial de tales magnitudes va a ser preciso revisar
la responsabilidad pública y social, sin duda
mucha y grande, de estos grandes grupos económicos.
netinformes.com
Editor - Mayo 2002
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